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El callejón del muerto

Transcurría el año 1600 y las historias de los mercaderes que se habían enriquecido al arribar al nuevo mundo circulaban por doquier, motivo por el cual cientos y cientos de ambiciosos comerciantes iniciaron a arribar a la gran Tenochtitlan como fue el caso de don Aurelio, un hombre que buscaba la manera de dejarle un mejor patrimonio a su hijo del mismo nombre y el cual le ayudaba a poner su negocio cada mañana al salir el sol.

El callejón del muerto

El callejón del muerto

Una mañana de descanso, don Aurelio recibió en su casa a su mejor amigo, una arzobispo de gran carácter con el que solía pasar horas enteras bebiendo finos vinos mientras narraban sus ilustres historias y vivencias, que para aquel entonces ya solo eran recuerdos de su infancia y de mejores edades y entre estas charlas salió a relucir la prosperidad con que les había sonreído la vida y que dentro de unos días su hijo partiría a las costas de Veracruz en búsqueda de una mayor variedad de víveres para su negocio que les daría una mayor ganancia.

El día de partir finalmente llego y Aurelio hijo partió en su ardua búsqueda sin esperar que en su largo viaje se toparía con una terrible enfermedad que derribo al joven en cama durante varios días, llegando la noticias hasta oídos de su padre el cual solo le rogó a la virgen que volviera su hijo a casa y de hacerlo don Aurelio caminaría hasta su santuario como manda. Seguían transcurriendo los días y una buena tarde, sin previo aviso, apareció su hijo en las puertas de su hogar, el joven se veía pálido, ojeroso y apenas lograba dar pasó alguno por lo que a su llegada callo en cama para descansar durante un par de días en los que se recuperó rápidamente, mientras don Aurelio dejaba su promesa olvidada.

Un día su amigo el arzobispo llego hasta las puertas de su buen amigo don Aurelio e igual que en otras ocasiones iniciaron sus interminables charlas hasta que don Aurelio callo en llanto mientras le contaba a su amigo de aquella promesa realizada a la virgen y que esta no lo dejaba dormir, pues durante cada madrugada lo hacía sentir culpable, pero asegurándole que no había un solo día en que no le agradeciera a la virgen por haber traído a su hijo de vuelta, por lo que su amigo le dijo que de ser así y de haber agradecido a la virgen con tanta devoción estaría bien olvidarse de aquella promesa.

Paso pronto el tiempo y una madrugada cuando el arzobispo salía de su hogar para realizar sus labores diarias se topó con su amigo don Aurelio, llevando este un aspecto pálido, sus manos parecían huesos y dentro de ellas cargaba un gran cirio encendido, a lo que el arzobispo sorprendido le pregunto hacia donde se dirigía, a lo que él le respondió que se dirigía hacia el santuario de la virgen que se encontraba en los cerritos.

A la mañana siguiente, algo extrañado por la acción de don Aurelio, el arzobispo decidió pasar a su casa para verificar que todo estuviera bien y para preguntarle a su querido amigo el motivo por el cual decidió cumplir con su manda después de que él la había dicho que se olvidara de ella, pero para sorpresa de este, al tocar la puerta de su casa y ser recibido por su hijo, este le informo que su padre había fallecido durante la madrugada anterior después de haber contraído una dura enfermedad que acabo con su vida de una manera dolorosa y agonizante, por lo que lo único que pensó en ese momento es que por su culpa su alma había tenido que volver para cumplir con su promesa.

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