El fantasma de la monja

El fantasma de la monja. Leyendas del Distrito Federal

El fantasma de la monja, es una leyenda que ha recorrido mucho tiempo las calles de México, narrando el desamor de María de Ávila, una mujer hermosa, joven y de una buena posición económica, que termino enamorándose de un humilde mestizo de apellido Arrutia, quien solo deseaba desposarse con ella, para obtener mejor linaje y posición dentro de la nueva España.

Los relatos dicen que Gil y Alfonso (Los hermanos Avila) conociendo las segundas intenciones de Arrutia, por lo que buscaron al mestizo, para ponerle un alto a tal amor, pero este altaneramente se negó.

Los hermanos Avila, no podían permitir que eso sucediera, por lo que barajaron diferentes opciones, entre las que se encontraron batirse en un duelo de espadas con Arrutia, pero no valía la pena, por otro lado pensaron en mandarlo golpear para darle un escarmiento, pero una vez más desistieron, y finalmente conociendo sus intenciones, optaron por juntar una buena cantidad de dinero, para ofrecérsela, a cambio de que partiera de la ciudad y nunca más volviera.

Arrutia acepto el dinero, tomo sus pertenencias y partió sin ni siquiera despedirse de su enamorada.

María, lloro durante días, desconsolada, lo extrañaba, pensaba cada instante en él y después de 2 años sus lamentos continuaron, por lo que por sugerencia de sus hermanos, acepto ser internada como novicia, en el convento de la Concepción, que se localiza en la esquina de Santa María la redonda, y Belisario Domínguez.

A partir de ese día dedico su vida a dios, rezaba cada mañana y realizaba sus tareas diarias cada tarde, aunque por la noche sus lamentos continuaban sin cesar, hasta un día cuando llegaron hasta sus oídos, las noticias de que Arrutia volvió para pedir más dinero a sus hermanos, revelando a si su falso amor.

María, desconsolada al ver que su amor ni siquiera se acercó a ella, espero la media noche, tomo una soga, cruzo el patio del convento, justo donde se hallaba un árbol de duraznos, frente a la fuente de aguas cristalinas y de sus ramas se colgó, dejando su cuerpo tambaleando de lado a lado hasta la mañana siguiente, donde fue encontrado.

Mucho se habló de lo ocurrido entre las novicias, algunas no se explicaban lo que ocurrió, mientras que otras con el tiempo trataron de asimilar la situación hasta que poco a poco se fue olvidando.

Un día, ya entrada la media noche, una de ellas cruzo el patio del convento, como la hacía de costumbre, miro la luna, y como su luz iluminaba gran parte del lugar, el sitio mantenía serenidad, no había viento, y el cantar de los grillos era lo único que interrumpía la calma, se aproximó a aquella fuente para mirar su reflejo y al observar dentro de ella, pudo mirar un cadáver putrefacto, lleno de gusanos, hinchado como si llevara días ahí, su cuello alargado por tener que sostener el resto del cuerpo, y su rostro con las cuencas de sus ojos por fuera.

La novicia no resistió más y salió huyendo. Para cuando llegaron las otras a mirar que sucedía, todo estaba en calda una vez más.

Otras novicias tuvieron encuentros similares y ni los rezos, ni oraciones apaciguaron las apariciones. Todo se calmó cuando a todas se les prohibió salir a altas horas de la noche y dejaron en paz al que hora llamaban el fantasma de la monja.

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